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Una obsolescencia programada de la que casi no se habla

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Una obsolescencia programada de la que casi no se habla

Estamos bastante habituados a oír hablar de la obsolescencia programada. Permítanme compartir algunas reflexiones sobre este tema. La obsolescencia, naturalmente, existe. Nada construido por seres mortales puede ser imperecedero, para ponernos un pelín épicos. Aparte de eso, existen un número de estrategias que las compañías emplean para forzar la renovación de equipos; por ejemplo, diseñar un dispositivo para que sea muy difícil de reparar. Apple acaba de ser forzada a poner el grado de reparabilidad (si me permiten el neologismo) de sus iPhones, para cumplir con la legislación francesa. Como este hay un montón de ejemplos y, en conjunto, la obsolescencia programada es un asunto no solo complejo, sino también muy antiguo.

Ahora, el que la industria electrónica invierta dinero para que sus dispositivos se vuelvan cada vez más lentos ya me parece más raro. ¿Por qué? Muy simple. Porque no le hace falta. La electrónica envejece sola. Sin que la ayuden y sin que la programen para eso.

Concedido, Apple pagó hace un año 500 millones de dólares para llegar a un acuerdo en una demanda por este asunto, pero si uno lee la cifra con un poco de perspectiva (la compañía vale 2 billones de dólares) y si atiende los alegatos del juicio, daría la impresión de que pusieron un poquito de plata con tal de no seguir gastando en el litigio. No porque realmente estén cometiendo una falta.

Más allá de que es vox populi que un dispositivo informático se va volviendo más lento con el paso del tiempo (más sobre esto enseguida), resulta de lo más sospechoso que esta clase de demandas vayan siempre contra unas pocas compañías, y justo las que tienen una billetera así de gorda.

Por añadidura, es extremadamente difícil probar que las empresas programan su electrónica para hacerse más lenta cuando sale un nuevo modelo. ¿Por qué? Porque para eso habría que mirar dentro de lo que esas compañías consideran, con justa razón, secretos industriales. Así que este es uno de esos temas de la digitalización (no el único) en el que la sospecha se convierte en algo que damos por hecho, sin pensarlo un poco. Y resulta que hay otras obsolescencias en electrónica mucho más preocupantes.

¿Por qué la industria de la electrónica no necesita hacer nada para que los equipos se hagan más lentos con el paso del tiempo? Hay un número de motivos.

El primero tiene que ver con una obviedad. ¿Por qué compramos un teléfono nuevo? Porque saca mejores fotos, las series se ven mejor y ya no aparece todo el tiempo el mensaje de que nos quedamos sin espacio para instalar nuevas apps. Ahora, todo eso (mejor pantalla, mejores fotos y más almacenamiento) no sería posible si el equipo, primero, no fuera más rápido. Una cámara mejor requiere más cómputo, lo mismo que la inteligencia artificial que tienen ahora integrada (por ejemplo, para poner fuera de foco el fondo). Una pantalla más nítida requiere mover más pixeles, y eso es más cómputo. Más almacenamiento implica grabar y leer más rápido.

OK, fantástico, ¿y qué lo hace ser más rápido? Un cerebro electrónico y una memoria RAM más recientes. Eso es lo que se espera de los nuevos chips. Que sean más rápidos. De ser posible, que consuman menos energía, lo que alarga la vida útil de las baterías. Pero ahí se termina la historia. No hace falta que sean más lindos, más rojos, más azules, más a la moda, nada. Una nueva generación de semiconductores se caracteriza por ser más rápida. No solo por eso, pero es la condición sine qua non. No me serviría de nada que tuvieran un hipervisor más eficiente, registros más rápidos, gates más pequeños (o sea, más transistores), más caché y menor consumo de electricidad, si no anduvieran más rápido.

¿Qué significa que anden más rápido? Por un lado, que van a tener resultados mejores en las pruebas estándar de desempeño. Pero, sobre todo, significa que van a ejecutar con más presteza los programas existentes. Lo sentís más ágil, dicho fácil.

Pero esos programas existentes son actualizados todo el tiempo, sobre todo en los teléfonos. Puesto que los nuevos modelos ofrecen más capacidad de cómputo, los desarrolladores, no sin razón, la aprovechan para ofrecer nuevas funciones (esto es viejo como la computación, favor de anotar). Así que la ganancia en desempeño percibida va a ser notable, pero no notoria. Acabás de comprarlo, y ya empezó la obsolescencia.

Y acá viene el peor problema (que tampoco es nuevo): las apps se actualizan de todos modos, tengas un teléfono nuevo o no. Por eso una app que anda bien en un smartphone de última generación se arrastra en un Galaxy S4. ¿Es todavía compatible? Sí. ¿Anda? La verdad, no. ¿Por qué no? Porque el S4 salió de fábrica hace 8 años. Nació más lento. Nadie lo hizo más lento. La dinámica propia de esta industria hace que casi todos (no todos, casi todos) los dispositivos envejezcan muy rápido. ¿Y eso por qué?

Viví en primera persona una época en que computadoras 2000 veces menos capaces que una PlayStation 4 se vendían por 30 millones de dólares (algo más de 70 millones de hoy). Obviamente, no tenían GPS. Ah, y pesaban dos toneladas y media. Mobile first.

Así que a esto de la supuesta obsolescencia programada de la electrónica hay que darle una vuelta más de tuerca. Y para eso tenemos que preguntar cómo carámbanos estamos pagando 500 dólares por algo que hasta hace 30 o 40 años habría costado decenas de millones de dólares. No pasó lo mismo con otras industrias. ¿No convendría, antes de hablar de obsolescencia electrónica programada, ver qué ocurrió en el medio?

Cuando las computadoras salieron de los laboratorios y las grandes empresas y llegaron a las pyme y al usuario final –primero con la Apple II, y luego con la IBM/PC–, se fomentó una carrera frenética por miniaturizar, añadir funciones y bajar los precios. Había una mina de oro ahí, con millones de potenciales clientes, y lo que ocurrió tiene un nombre bien conocido. Se llama competencia.

Se rompieron la cabeza, pero encontraron formas de hacer computadoras cada vez más pequeñas y rápidas, a costos cada vez más bajos y con funciones impensables unos pocos años antes. Pero con una condición: que se fabricaran millones. ¿Millones de que? De todo, pero fundamentalmente de los componentes más costosos, como el CPU, la memoria RAM, las pantallas y, hoy, los sensores. Esta es, más que ninguna otra, una economía de escala.

No hace falta mucha astucia para entender que fabricar millones significa vender millones. Ah, pero entonces sí, nos están engatusando para que no podamos dejar de cambiar el teléfono cada año y poder así vender millones. No tan rápido.

Primero, es difícil engatusar a alguien que no tiene el dinero. Por mucho márketing que hagas, si no está la plata, no vas a vender. Así que el truco no está en hacer los equipos anteriores más lentos, sino en ofrecer equipos más rápidos a precios competitivos. El único precio oculto es que todo el esquema funciona si la demanda de más velocidad por parte del consumidor es constante. Si la velocidad deja de ser un factor (algo que está ocurriendo ahora con los smartphones), todo el esquema cruje. Es lo que ocurrió con la PC, fijate.

Cuando Microsoft e Intel eran los reyes de la colina y no imaginaban que su imperio alguna vez iba a ser eclipsado, y mucho menos por simples teléfonos (no son simples y no son solo teléfonos, pero ese es otro tema), siguieron apretando el acelerador a fondo en una recta de crecimiento de velocidad que parecía infinita. Solo que iban de cabeza a una curva cerrada: la movilidad. Pero antes de derrapar en esa curva (ambas empresas se perdieron la ola de la movilidad), pusieron en nuestras manos una capacidad de cómputo enorme. Es decir, habían hecho todo lo contrario de la obsolescencia programada (de la que ya por entonces se hablaba). Nos inundaron con cómputo.

Entonces llegó el iPhone y una parte sustancial de los usuarios de PC ya no volvió a necesitar renovar su máquina. Con un equipo fabricado en 2010 e incluso antes, tirabas. Para escribir y mirar alguna web, era suficiente. Una de las PC que hay en casa, la que más usamos para ver películas y series, tiene más de 14 años. Usa Lubuntu, cierto, y en su momento le cambié la fuente original, que se había quemado, y le instalé una nueva. Pero todavía anda perfecto. Tiene 2 GB de RAM. La mitad que mi smartphone.

No pecaré de ingenuo. Sin un poco de maña y conocimiento, esta máquina haría al menos siete años que habría sido dada de baja. Pero también es cierto que 14 años es una enormidad de tiempo en informática. ¡Siete años es una enormidad! La supuesta obsolescencia programada debería tener un efecto más inmediato. A tan largo plazo, no sirve. Pero vayamos a los celulares, donde ahora, de nuevo, la velocidad está empezando a dejar de ser un factor, y por eso les añaden más cámaras, inteligencia artificial, nuevos sensores y otros atractivos por el estilo (todos requieren más cómputo y RAM, ojo).

Mi smartphone es de 2016. Lleva unos cinco años funcionando. Con las baterías originales, pero bien cuidadas y sin pedirle más de lo que puede dar, me alcanza y sobra. Incluso con todas las actualizaciones del sistema operativo (usa Android 8; la más nueva es la 11), no se lo siente pesado ni hace largas pausas para cambiar entre aplicaciones. Lógico, lo elegí con 4 GB de RAM. ¿Dónde está la obsolescencia programada entonces?

Está en otra parte.

Mi impresora está discontinuada. Como la usamos relativamente poco, anda como nueva. Le hago todo el mantenimiento que un printer necesita para ser feliz, y ahí está, impecable. Muy rápida y económica (es una de cartuchos grandes), ni se me ocurrió que un día iba a dejarme de a pie.

Hasta que mi scanner, que es de la misma marca e igual de excelente, dejó de funcionar. El mensaje de Windows dice que el carro está atascado. Solo que el carro no está atascado. Los que ya no sirven son los controladores de dispositivo (o drivers, en la jerga) que luego de una actualización masiva de Windows dejaron de funcionar. Como el scanner está discontinuado, adiós.

En otra economía, compraría uno nuevo. Aquí, voy a hacer lo de siempre: conectarlo a una máquina con Linux y ver si logro que ande. Todavía no hice la prueba, pero el sistema operativo de software libre tiene hoy, paradójicamente, esa ventaja: casi cualquier cosa, aunque esté muy, pero muy discontinuada, funciona. Veremos.

Con el printer todavía no llegó la sangre al río. O sea, sigue andando. Pero ya no es el mismo de antes. De un día para el otro, y de nuevo tras una actualización grande de Windows, las numerosas opciones del controlador del fabricante desaparecieron; ahora emplea uno genérico de Microsoft. Solo quedó la posibilidad de elegir la orientación, el tamaño del papel y la cantidad de copias. La opción de doble faz, por ejemplo, que ahorra mucho papel (hola, ecología), desapareció.

Como el equipo está discontinuado, tendré que esperar a que el fabricante saque una actualización de sus controladores. No tengo mucha fe en eso. Me dirán que tiene 10 años. ¿No es lo mismo que ocurre con un teléfono o una computadora de esa edad?

No, porque las impresoras, los scanners y otros por el estilo (algunos de uso en ciertas profesiones como la medicina o los análisis de laboratorio) son otra clase de criatura. No tienen ni el procesador más rápido ni toneladas de memoria veloz. Son más bien mecanismos de relojería muy precisos y, salvo que reduzcan sustancialmente el precio de la tinta, por ahora no van a progresar de forma ostensible.

Pero el problema principal no es que falten drivers; eso también es un poco el costo de la escala y la velocidad a la que marcha esta industria. El problema principal es que mientras uno no puede fabricar chips en su casa, sí podría escribir un controlador de dispositivo. La solución es muy simple y bien conocida: abrir el código.

El software libre nació cuando Richard Stallman quiso corregir un error persistente de una impresora en el laboratorio donde trabajaba, en el MIT. Cuando pidió los drivers, le dijeron que no, que ese software estaba protegido por el secreto industrial. Se puso como loco (me lo puedo imaginar, porque lo conozco) y empezó a trabajar en liberarse de esas restricciones. Hoy tenemos Android, LibreOffice, Firefox, Linux, Blender y muchas otras maravillas gracias a esto.

Así que volvemos a lo mismo. Si el código de los controladores estuviera disponible tan pronto un equipo queda discontinuado (ni siquiera pido que sean libres de entrada), tendríamos controladores actualizados en tiempo récord para todos los equipos populares. Los que no se vendieron casi nada, sí, cada uno tendrá que escribir sus propios controladores. Es un poco injusto, porque muchos podrán hacer algo así. Pero al menos sería posible, al revés que ahora.

En total, me preocupa mucho menos la idea (a mi juicio, improbable) de que las compañías inviertan recursos en volver más lenta la electrónica de sus modelos previos que la cultura de usar y tirar, cuando se trata de maquinarias en perfecto estado, cuando la solución es muy sencilla y cuando estamos acumulando basura electrónica a ritmos alarmantes.

Más información

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/una-obsolescencia-programada-de-la-que-casi-no-se-habla-nid20032021/

Una obsolescencia programada de la que casi no se habla

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