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Diego Armando Maradona: honestidad brutal

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Diego Armando Maradona: honestidad brutal

Han pasado un par de horas del mediodía del sábado. Diego Maradona está sentado a la mesa del comedor de su casa de Villa Devoto y devora con ganas uno de sus platos preferidos: milanesa con papas fritas. De una copa plateada, bebe sorbos de Seven Up. Cerca, en la cabecera, Claudia pinta pequeñas imágenes en cerámica que después venderá en busca de fondos para el viaje de egresados de séptimo año de su hija mayor. Dalma y Giannina recorren la casa montadas en rollers: cobran vuelo en el living, atraviesan la cocina, se esfuman en el pasillo, y así. El televisor, curiosamente, está apagado. En la radio suena una fm, parece la 100. Por encima de ese rumor sordo y monótono se escucha la voz de Diego, que bromea con sus hijas: “Vengan, vengan”, las provoca. “Yo les voy a explicar como hacía en Fiorito con los rollers.” Y se ríe.

La postal familiar entrega una imagen mansa que es poco frecuente en el departamento de Habana y Segurola. Están solos, extrañamente íntimos. En ese refugio, tantas veces violado por la indiscreción y aun la insolencia, Maradona ha decidido parar un segundo. Se lo ve cómodo, entregado a esa pequeña felicidad cotidiana, rara y fugaz.

Cuando termina de comer se trepa a la montaña rusa en que se ha transformado su vida. «¿Viste lo de Kosovo? ¿Cómo puede ser que sigan intentando explicar eso? ¿Cómo, eh?», pregunta sin esperar respuesta. Toma su teléfono celular, que le cabe en la palma de la mano, y lo muestra: «Mirá, mirá lo que es esto, parece un bocadito… Ya me comí dos, yo». Vuelve a reírse, con ganas. Recibe un llamado de Cóppola, le pregunta por el horario del partido que tienen que jugar esa tarde. «Es a las cuatro y media, en Tortuguitas», me dice. «Clau, ¿me preparás algo de ropa?»

No nos queda mucho tiempo. Le pregunto si escuchó el tema que le hizo Andrés Calamaro, que lleva su apellido como título y que es parte de Honestidad brutal. «Sí, lo escuché, está… bárbaro… Pero no canté en ése; yo canté en la ranchera [«Hacer el tonto»], nomás. Andrés quiso que los chicos de la banda se desnudaran para grabar ese tema. Pero ojo: el Diego, no.»

-¿Cómo fue eso?

-Fue… espectacular. Lo que pasa es que era el último tema, me estaban esperando a mí para terminar el disco, así que estaban… locos. Y es cierto, a mí, a mí no me hicieron desnudar.

Claudia termina de armarle el bolso, una rutina que se mantiene a través del tiempo. Dispone prolijamente la ropa deportiva, no olvida el aerosol que ayuda a calmar el dolor de algún golpe inoportuno ni el equipo Polar para controlar el ritmo cardíaco. Salimos al aire húmedo del mediodía. En la vereda, en el borde mismo de este santuario que diariamente visita una agradecida feligresía, leo un graffiti algo desteñido que lo explica todo: diego, sos como el sida: te llevamos en la sangre.

Partimos. me preparo para pulverizar la distancia que separa Villa Devoto de Tortuguitas, pero no: Maradona se lo toma con relativa calma. Retoma por General Paz en busca de la Panamericana. Diego tiene calor, siempre tiene calor. Por eso maneja con la ventanilla baja casi todo el tiempo, aunque afuera llovizne y ya se perciba el frío del otoño. Obviamente, lo reconocen en la casilla del peaje. Paga, y con el recibo llega el inevitable pedido de un autógrafo y el pequeño grupo de fans que se arremolinan y se pegan como moscas al lomo negro y lustroso de la Mitsubishi Intercooler.

Damos unas vueltas antes de encontrar la quinta donde se jugará el partido. Lo están esperando, como sucedió siempre. Está Guillermo Cóppola. Y mucha gente acostumbrada a pavonearse en la vidriera de las revistas del corazón, en los lugares de moda. Para ellos, claro, la presencia de Maradona es una medalla; una condecoración que lustrarán afanosamente toda la vida y que les regala unos segundos de eternidad.

El partido debía empezar a las cuatro y llegamos media hora más tarde, pero todos esperan que Diego se ponga la ropa, en el asiento trasero de su 4×4. Cuando se baja, ya transpirado, resopla y pide reemplazo: «¡Ya está, me cansé cambiándome..!», pone en marcha el pequeño show personal que lo tendrá como protagonista absoluto durante ochenta minutos.

Hay algo en él que llama la atención por encima del exceso de peso y los graznidos de su garganta: se divierte jugando y, lo más extraño en él, no parece importarle demasiado ganar. Grita un gol a los quince segundos de juego y ésa es una excusa para que vuelva a pedir su salida; simula un golpe y camina rengueando hasta el vestuario; se sienta a descansar un buen rato, después regresa y sigue jugando el partido. Lo relata, además. Cada tanto, saluda a la gente que, avisada de su presencia, ya se ha montado en la cresta de un paredón descascarado. La priviligiada multitud aplaude cada una de sus jugadas, le pide que se acerque. Al fin, el equipo de Maradona pierde 5 a 4. Sin embargo, como sucedió siempre, Diego sigue siendo el único capaz de dar vuelta él solo un resultado: durante el tercer tiempo se las ingeniará para convencer a propios y ajenos de que su equipo ganó 6 a 5.

Junto con todos los demás, arremete contra una mesa cargada de sándwiches de milanesa gigantes que engulle con ganas, empujándolos con Coca-Cola. Participa de la calificación de los jugadores y acepta, vanidoso, el nueve que le regalan a él. El arquero rival, con el que se acicateó verbalmente durante toda la tarde, se saca el buzo y deja al descubierto una remera blanca, de mangas cortas, con una foto en el pecho: allí sonríe Maradona -con el tatuaje del Che Guevara en su hombro derecho en primerísimo plano- abrazado a un chico. «¡Mirá con quién le hice sacar una foto a mi hijo, mirá con quién..!», dice orgulloso, las manos juntas en señal de plegaria, la mirada elevada al cielo. «Encima, ¡comunista!», remata. Diego lo mira desde abajo y vuelve a reírse, cómplice: «¡A ver si ahora dicen que soy un comunista en Mercedes Benz, todavía!».

Casi dos horas después del partido, aún tiene puesta la ropa con la que jugó, sucia y empapada. Cuando todos empiezan a abandonar la quinta, Maradona recién va hacia la ducha. Deja la puerta entreabierta, canta bajo el agua con su voz áspera. Me llama. «Después, si querés, charlamos un poco más tranquilos…», promete. Mientras se seca habla por teléfono con el minúsculo celular enganchado entre su hombro y su oreja y le pregunta a Cóppola adónde iremos a comer. Nos espera una mesa reservada en Santino, uno de los numerosos restaurantes que relumbran en la calle Báez, pleno corazón de Las Cañitas.

Diego se cambia despacio: calzoncillos negros Versace, remera blanca, bermudas azules, zapatillas flamantes. Estrena unas Caterpillar que Cóppola le trajo de regalo y que reemplazan las botitas «a lo Tyson by Versace» que tenía puestas. Mientras caminamos hacia la camioneta, se despide de los caseros de la quinta. La Mitsubishi, con Diego al volante, encara hacia el portón principal. Todavía hay gente esperándolo afuera. Maradona frena, se asoma por la ventanilla y firma pacientemente cada uno de los papeles que le acercan… «Bajate un segundo, te lo pido por favor, me quiero hacer una foto para un cuadro», le pide un hombre que lleva un bebé en brazos y aquel grito eterno contra Grecia estampado en la remera. Diego abre la puerta, desciende y posa para la cámara, abrazado con ese puñado de desconocidos en medio de la noche cerrada. «Ahora te amamos más que nunca», lo despide una voz en la oscuridad.

Las luces rojas de la iridiscente Land Rover de Cóppola indican el camino hacia el centro.

-¿Podés escribir? -me pregunta.

-No, pero vamos a grabar…

-Ah, bueno, vas a grabar, dale… Me acuerdo cuando le comprábamos las pilas a Tinelli…

-¿A quién?

-A Tinelli, cuando iba a hacer notas a Argentinos… No era efectivo en Radio Rivadavia y no tenía ni para comer. Venía y comía con nosotros en la fonda del club.

Y remata con uno de esos chistes que parece sentirse obligado a disparar: «Teníamos menos plata que… que el Banco Central».

Queremos tanto a Diego

Ya había hablado con Maradona de Calamaro. Le había acercado, extraídas de los archivos de un viejo suplemento Sí, las sentencias de unos cuantos músicos de rock, miembros de una comunidad -artistas y público- que no se cansa de venerarlo y que hace tiempo lo colocó sobre un altar del que nunca descenderá. Ha dicho Luis Alberto Spinetta: «Para mí, Maradona es un héroe argentino, con todas las letras». O Juanse, de los Ratones Paranoicos: «Es el más grande exponente de la raza argentina. Maradona es solamente comparable con San Martín cruzando los Andes con 40 grados de fiebre. La vida por él». Y Ciro Pertusi, de Attaque 77: «Maradona representa a la Argentina en todos sus espacios: es la ilusión, el triunfo, el fracaso…». Ha dicho Fito Páez: «Por sobre cualquier cosa que pase en su vida o en la mía, debo decir: yo amo a Maradona. ¿Quién otro le dio tanta alegría gratuita al corazón de miles y miles?». Y el Indio Solari: «Si vos querés hacerle creer a la gente que sos Mengano, y que sos un banana, está bien, pero cuando estás con otros que son iguales a vos es ridículo que sigas haciendo el personaje, que todos estemos en la ficción de que somos Maradona. Ninguno acá es Maradona. Maradona es Maradona. Gardel es Gardel y Evita es Evita».

-¿Por qué te quieren tanto ellos, Diego?

-Porque los rockeros… Los rockeros profundizan mucho más en el estado de ánimo de las personas que los otros, que la persona común…

Sí…

-…y al profundizar… Yo tuve la suerte de cambiar muchas ideas con ellos y me parece que están, que están al servicio de la gente. O sea, le cantan a la gente la realidad de un país. Y yo vivo la realidad de mi país, aunque por ahí otros digan que, porque me di un saque, no puedo hacerlo… Ojo, yo me di un saque pero no me morí, ¿eh? Y porque sé de qué se trata, puedo tener una firmeza que otros no tienen… Nosotros no levantamos la bandera «Viva la droga», al contrario. Nosotros queremos que no la vendan más y que no sea una enfermedad. Ojalá que encontremos una pastilla que, que…

-Que acabe con todo, de pronto.

-Exacto, exacto. Pero, ¿qué pasa? En este país bendito que tenemos, hay tanta hipocresía, hay tanta gente que se robó plata y que cree que si alguien se da un saque no puede opinar más… Yo hablé con el Indio Solari, una vez. No escuchaba mucho a los Redondos, pero el bardo argentino me hizo acercar a ellos, a lo que dicen. Y me parece que, si nosotros queremos una realidad argentina distinta, los que entran son los Redondos. Y no entran los que nos mienten todos los días.

-Y vos sentís que entrás ahí, con ellos.

-¡Yo entro ahí! ¡Bien argentino! Yo prefiero a los Redondos y no escuchar un debate entre políticos, en la televisión, donde está todo arreglado, ¡y-se-no-ta! Igual, están los que dicen que, eh, eh, viste, que a Maradona le perdonan todo… ¡No, a mí no me perdonan nada! A los que les perdonan todo es a los políticos, que desde hace dos mil años nos cogen… ¡A ellos les perdonan todo! Porque yo no-me-me-to-ni-me-me-tí en el plato de comida de la gente… ¡Eso es lo que quiero que se entienda!

-Querés decir que tus problemas no afectan a nadie…

-…Son míos, son míos…

-…excepto a vos mismo y a tu familia.

-Exacto, exacto. Y ya demasiado tenemos, ¿eh?, ya demasiado tenemos. Pero, ¿qué pasa? Eh… Me di un saque y ya salen todos: «No quiere a la madre, no quiere a la hija…». ¡Mentira, mentiraaa! Mis hijas saben que yo estoy con ellas, que tienen todo de mi parte… Que todo lo que gané, todo lo que tengo, es de ellas. Todo. Mirá, Dalma me dijo un día: «Papá, vos se lo contaste a Gente y no me contaste a mí». Y yo le contesté: «No es que no te conté porque tenía miedo. Papá te tiene respeto y papá… se equivocó. Yo lo quiero cortar, te juro que lo quiero cortar, pero no hay ninguna pastilla, ninguna inyección que cure esta enfermedad increíble…».

Maradona vuelve a bajar la ventanilla y el viento frío le estalla en la cara. Vamos rápido por la Panamericana, hacia el centro. Hay demasiado ruido, él hace silencio.

Posible diagnóstico de un perdedor, abrumado por el fantasma del padre modelo

En 1996, Diego emprendió secretamente un viaje a Suiza para internarse en una clínica. En medio de miles de conjeturas, pocos días después de que la noticia ganara la tapa de los diarios en todo el mundo, el doctor Harutyan Arto Van, uno de los médicos que estaba a cargo del tratamiento de rehabilitación, ofreció una conferencia de prensa. El doctor Van escupió ante los micrófonos de medio planeta: «Si bien Diego cayó en la trampa de la droga, su problema básico es de tipo existencial… Si fuera un drogadicto clásico, en diez días no podría hacer nada. Mi trabajo consiste en reforzar la inmunidad psicológica durante diez días para que sea capaz de resistir a los problemas existenciales. En este marco, el tema de la drogadicción pasa a un segundo plano. El me dijo que nunca sufrió una crisis de abstinencia… Puede parecer contradictorio que haya viajado para realizar una cura, pero lo que quiere Maradona es convertirse en un padre modelo. Y su problema son las ganas de drogarse. Dicho de otra manera: es demasiado débil para resistir esas ganas. Nuestro trabajo consiste en hacerlo fuerte. Maradona tiene un profundo deseo de romper el círculo vicioso que lo ha llevado a la droga. El se acerca a la cocaína cuando se siente presionado en exceso y no por una adicción física. Se siente vulnerable. El está psicológicamente débil, pero está decidido a salir adelante y lo va a lograr. A pesar de haber ganado todo, no es un hombre feliz. Se considera un perdedor, tiene una personalidad hipersensible, posee un fondo extremadamente honesto y leal».

Cuando Maradona le fue a pedir explicaciones al médico por semejante imprudencia, interrumpida ya cualquier posibilidad de tratamiento, se encontró con una respuesta inesperada: «Discúlpeme, no soporté la presión de los medios, todos querían saber…». «Bienvenido al planeta», le respondió Diego. «Hace veinte años que yo convivo con esa presión y usted no aguantó ni dos días.»

Thatcher, Pinochet y otra historia universal de la infamia

En plena Panamericana, se nos pone a la par la camioneta de Cóppola. «Parece que es lindo, el partido», le dice. «NoloestamosescuchandoCóppolanoloestamosescuchando», murmura él. «Estamos charlando», aclara.

-Diego, ¿quién te ha ayudado de verdad en todo este tiempo?

-Mi mujer… Mi mujer. Esteee… cuando hablan del entorno de Maradona, ¿sabés lo que quieren hacer? Quieren hacerle creer a la gente que yo soy un mogólico, que soy un estúpido… ¿Para qué? Para perjudicarme. ¿Por qué? Porque yo soy… para cierta gente sigo siendo un tipo que, como jugador de fútbol, no puede ganar tanta plata… Y, sobre todas las cosas, sigo siendo el villero y el cabecita negra, ¿entendés?

Como atacada por un inesperado estado de ánimo, la camioneta se para, de pronto. Diego me había advertido que tenía poco gas oil. El grita «¡Eeeyyy, uuuyyy!», mientras en un solo movimiento la emboca en diagonal en el único hueco libre que le ofrece la vereda desdentada, justo enfrente de la salida de un garaje. Se afirma en la bocina, para que lo escuche Cóppola, pero no parece muy preocupado por salir de allí. Piensa unos segundos, los ojos perdidos en el parabrisas. «¿Sabés lo que quieren? Quieren achicarte…»

Un poco después le da arranque al mastodonte, como para ver qué pasa. Cuando se enciende el motor, me dice: «¡Ssshhh, no respires… Ni con la reserva, estamos…». Unos minutos después, cuando dejamos Avenida del Libertador para internarnos en Dorrego, la Mitsubishi gira a la derecha de memoria y empiezan a titilar las luces de Las Cañitas, zona atestada de modelos, chefs, diseñadores, artistas y estrellas del fútbol. Estamos llegando a Santino, la cantina que es propiedad del Zorrito Fabián Quintiero, ex tecladista de Charly García y Soda Stereo y actual bajista de los Ratones Paranoicos. Territorio conocido. Aquí, los vidrios polarizados no alcanzan a disimular su presencia.

Se acerca un hombre -El Pingüino, le dicen- y le indica que ubique la camioneta en 45°. «¿En qué, fiera..?», le pregunta. Maniobra con dificultad, incómodo con el celular zumbándole de nuevo en la oreja, y acata la orden. Cuando desensilla, la vida en Las Cañitas se detiene un instante y las miradas lo acompañan a él en busca de un detalle revelador.

En la mesa, justo debajo de la pantalla gigante donde juegan Boca y Newell’s, lo esperan otros amigos. Como es costumbre, le han reservado la cabecera, de frente a la imagen devoradora de la televisión. La comida ya está pedida, plato único para todos: será pollo con papas. Cóppola y Maradona son los únicos que toman vino: un Luigi Bosca blanco servido en vasos gigantes como floreros, cargados de hielo y con un chorrito de Sprite light.

De pronto, pega un par de gritos de cancha, desmesurado e histriónico, como para que quede claro su sentimiento bostero. Divirtiéndose como durante el picado de la tarde, reclama penal en cada jugada, aunque al ataque vaya un jugador de los otros; critica a Bianchi («Mirá que es feo ese hombre», se burla) y elogia a Samuel («Un monstruo, un monstruo, igual que Montenegro, el de Huracán, y Saviolita», sentencia para siempre). Hay un tiro libre para Boca, de frente al arco. Alguno de la mesa se babosea con el inevitable «mirásiestuvierasvosahí», y él esquiva el elogio fácil con la revelación de un secreto futbolero: «Si la pelota pasa la barrera por arriba, también pasa sobre el travesaño; la única manera de meterla es mandándola por el costado». Ha dejado caer una de esas máximas que llevarían horas de debate (probablemente inútiles) en una mesa de café. No comenta el festejo de Palermo, que al día siguiente será tema de debate en todos los medios; sí grita el gol. Alguien en la mesa le dice que estuvo muy bien lo que dijo sobre Pinochet. Es una buena excusa para que, una vez más, abandone la cancha: «La Thatcher le fue a agradecer a Pinochet la ayuda durante la Guerra de las Malvinas… Digo yo, la memoria de los pibes que se quedaron allá, ¿no merecía que algún político de acá saliera a decir algo? ¡Ni uno salió, ni uno!», vuelve a gritar con voz de lija.

Está claro que para él no va eso de que las cosas no se mezclan. Siempre las mezcló. Siempre supo que su palabra iba más allá del grito de gol y que su zurda podía patear algo más que una pelota. Lo ha confesado, recordando sus momentos de mayor gloria: «Lo de Inglaterra, en México 86, fue, más que nada, ganarle a un país, no a un equipo de fútbol. Nosotros decíamos, antes del partido, que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas, pero íntimamente sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como pajaritos… Era mentira que las cosas no se mezclaban, era mentira. Porque inconscientemente lo teníamos bien presente, ¿entendés? Entonces, eso era más que ganar un partido, mucho más que dejar afuera de la Copa del Mundo a los ingleses. Nosotros hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo que había sucedido… Sí, yo sé que es una locura, pero así lo sentíamos y era más fuerte que nosotros. Estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes, la verdad es ésa. Y el gol mío… el gol mío tuvo una trascendencia que… Los dos, en realidad. El primero fue como robarle una cartera a un inglés, y el segundo… tapó todo».

Lo dijo así, todo de golpe. Cuando más de una hora después se levanta de la mesa, él primero que nadie, vuelve a convocar de modo exclusivo la atención del lugar. Lo escrutan, lo acompañan, lo observan, lo juzgan. Saluda a todos y camina hasta la salida. Se sube a la camioneta, solo, y se va.

Paro un taxi para regresar a Devoto. Mientras subo, escucho una discusión entre dos tipos que se pelean por un lugar para estacionar. Uno saca medio cuerpo por la ventanilla y, burlón y provocador, le grita al otro: «¡Pero salí de ahí! ¿Quién te crees que sos? ¿Maradona?».

Un pequeño diálogo acerca del destino y del temor a la muerte

Algunos días después escucho su voz en el teléfono. Damos un largo rodeo, comentamos las noticias del día, hablamos de cuestiones triviales. Diego dispara sobre los demás, pero le cuesta revisar su historia, replegarse -manso y tranquilo- sobre sí mismo.

-¿Cómo pensás que te podrían ayudar a vos?

-A mí y a la gente que lo necesita, el país nos podría ayudar siendo decente… Que seamos un país medianamente en serio… Porque, porque la corrupción viene por un montón de cosas, también por los malos sueldos… La gente tiene que llegar a fin de mes y, bueno, para darle de comer a mi hija, yo mato… Es así, es clarita… Por eso yo digo: ayudarme a mí no es imprescindible. Yo soy argentino hasta las pelotas, ¿entendés?, aunque me duelan un montón de cosas de mi país… Yo soy el típico argentino que lucha y que no se calla teniendo lo que tengo.

-Siempre decís que hablás para provocar, para despertar a la gente…

-Ah, seguro, seguro que sí…

-Pero, ¿admitís tus contradicciones?

-Todos somos contradictorios. Todos nos tenemos que adaptar al mundo como viene. Si a mí me demuestran que es de otra manera, yo me adapto. ¿Por qué tendría que decir, por ejemplo, que hoy en la Argentina se vive bárbaro? ¿Porque yo vivo bárbaro? No, no, no… Sería muy cómodo de mi parte quedarme callado. También sería cómodo mantener una opinión a rajatabla para quedar bien con los que dicen que Maradona es contradictorio. Escuchame: acá se cambió la Constitución… Es actualizarse, es vivir de acuerdo con lo que pasa… Y el tema pasa por avalar la palabra con las actitudes. Y si veo que lo que yo digo no es verdad, me adapto, reconozco el error… No por eso dejo de ser Maradona o voy a cagar a alguien.

-¿Que error reconocés, por ejemplo?

-¿Sabés cuál es la gran ventaja que les llevo yo a todos los que salen en los diarios sin mérito? La ventaja es que yo digo las cosas para que se discutan, y para que tengan en cuenta a la gente.

-Hablás todo el tiempo de lo que necesita la gente. Y mucha gente piensa que el que necesita -y no se habla de plata- sos vos.

-Dios sabrá cuando llegará el tiempo de ocuparme de mí… Me va a llegar, me va a llegar mi tiempo… Alguna vez soñé con que mi tiempo llegue junto con el de la gente, pero creo que no va a ser así.

-¿Por qué?

-Porque yo voy a estar mejor antes que ellos, estoy seguro.

-¿Y qué va a pasar en ese momento?

-Voy a tratar de ser diferente.

-¿Tiene que ver con tu vida, con tu salud?

-Sí, tiene que ver con eso.

-¿No sentís, a veces, que forzás el destino?

-Sí, sí. El hecho de elegir la muerte, ¿no?, no es para muchos…

-¿Cómo «elegir la muerte»?

-Sí. Digo que si yo hago cosas malas para mi cuerpo, es como estar eligiendo mi muerte… Pero, no quiero morir, ¿eh?, no quiero morir para nada…

En el bazar de los milagros

Algunos días después de aquel encuentro su voz volvió a escucharse en la Bombonera. Se quedó un rato en el palco, durante varios minutos desvió la atención de la gente, alentó a los jugadores; gritó, habló, opinó. Lo de siempre. Y lanzó una de las tantas frases que semana tras semana se suman al gran archivo de sus polémicas declaraciones: «Respeto a Bianchi porque ganó un título, pero tampoco digamos que el mono es lindo, ¿me explico?». No importa si es publicado en el periódico más humilde del país, cada uno de esos testimonios llegará a su casa prolijamente ensobrado, a fin de mes. El grueso sobre de papel madera con membrete de la Agencia Los Diarios nunca podrá pasar por debajo de la puerta. Nunca sucedió, al menos, desde que Claudia Roxana Villafañe de Maradona -la Claudia- decidió suscribirse a ese servicio que recorta y clasifica los artículos que mencionan el apellido de su marido y los envía a domicilio. Allí, en uno de los cuartos, ella misma ha montado un archivo, un museo o un templo, según se mire. En ese lugar, los recortes vuelven a pasar por las tijeras y terminan pegados en hojas que engrosarán carpetas, clasificadas rigurosamente por fecha de aparición y apiladas en orden. Sólo hay dos grandes omisiones en ese exhaustivo repaso de la trayectoria de una de las celebridades más nombradas en el mundo: la primera, la temporada que va desde 1991 hasta 1995; la otra podría constituir un archivo aparte, con las noticias que asocian el nombre de Maradona con distintos procesos judiciales, la mafia, los problemas con la droga y los romances… «Las porquerías», según las define, tajante, la misma Claudia. Parada en el centro de la habitación, la esposa de Diego recorre con la mirada las cuatro paredes tapizadas de recuerdos y agrega, algo obsesiva: «Tengo que ordenar todo esto…».

No lo ha hecho del todo mal, de todas maneras. Al contrario. La reconstrucción de la historia comenzó apenas Maradona ingresó en su vida, hace casi veintitrés años, y continúa aún hoy: todas las noches, Claudia se lleva a la cama dos o tres sobres y clasifica minuciosamente recorte por recorte. Es un modo, también, de estar con su marido.

Todavía se sorprende cuando, revisando, encuentra alguna cosa rara, añeja o simplemente inclasificable, que ella misma guardó. «Mirá, acá están los escudos de los torneos Evita, que Diego jugó en el 73, con los Cebollitas… Y el carnet de jugador de las inferiores de Argentinos… Se me mojó todo, el otro día; con una de las tormentas grandes, se abrió una de esas ventanitas y entró agua… Mirá qué lástima…» En el mismo lugar aparecen los amuletos de Maradona durante sus días como jugador, en un simple neceser azul de Aerolíneas Argentinas: rosarios varios, estampitas, pulseras, un gallo albiceleste de cartón, de todo… Claudia hurga en otro cajón, mientras sostiene en una mano un puñado de cartas. «Las que Diego me mandó a mí las tengo yo, en la mesita de luz», confía. «Acá están las de los gobernadores, cuando lo nombraron ciudadano ilustre de las provincias y esas cosas… Y están las de Fidel, también», subraya con orgullo. Es cierto: la firma trazada con lapicera azul por el líder cubano rubrica un saludo de cumpleaños, cuando Maradona cumplió 33 y lo celebró en Sydney, porque allí estaba jugando con el Seleccionado, por las eliminatorias para el Mundial de los Estados Unidos. En otra carta Castro le comunica que la camiseta argentina número 10 que recibió como regalo será ubicada en un lugar preferencial del Museo del Deporte… «Si no le parece mal», dice Fidel. En otra más antigua, de 1988, el comandante admite entender que Maradona haya declinado una invitación para que visitara la isla, como consecuencia del boicot cubano a los Juegos Olímpicos del Los Angeles.

Son apenas unas pocas muestras de una correspondencia abrumadora; hay más, muchas más, con remitentes sin fama. Esas llegan cada día por docenas. Piden fotos firmadas, y también trabajo. Proponen proyectos, y también inventos. Claudia misma contesta las que puede, sobre todo cuando hay que enviar una imagen y un autógrafo, que ya tiene preparados. Sobre la mesa, abierta, está una de las cartas más recientes. La firma un chico norteamericano de origen latino, que dice llamarse Christopher Dos Santos. Le escribió desde Nueva York, con una caligrafía firme y adornada con dibujos: «Mucha gente no está de acuerdo con lo que usted dice, pero yo creo en lo que usted dice».

En las paredes, arriba, las fotos enmarcadas también ayudan a escribir la historia. Y a entender. Muestran a Maradona retratado con las más diversas personalidades, quizás él mismo atrapado en la fascinación que suele ejercer sobre los mortales la celebridad. Está con Fidel Castro, estrechándole la mano al rey Juan Carlos de España y fundido en un abrazo con el presidente Menem; con Massimo Troisi y con Carlos Menem Jr.; sonriendo para la posteridad con el Puma Rodríguez, en su casa como anfitrión de Ricky Martin, en camarines con Freddie Mercury durante la visita de Queen a Buenos Aires, o aceptando una dedicatoria de Fito Páez («For the Maradona’s, con amor»). Y allí está, claro, compartiendo momentos con otros deportistas: congelada su sonrisa junto con las de Pelé y Alfredo Di Stéfano; con Niki Lauda y Michael Schumacher, Magic Johnson y Gabriela Sabatini. En medio de tantos brillos y fama, sin embargo, resulta fácil encontrarle el flanco débil para conmoverlo con la sola mención de un nombre: una imagen lo muestra junto a Carlos Monzón. Historias de amores y de odios. De muertes prematuras, también. Alrededor, uniéndolo todo, Maradona, fiel a sí mismo.

No hace mucho -aunque un año, en la vida de este hombre, puede multiplicarse por varios comparándolo con el de un ser humano común y corriente- había hablado sobre todos estos temas con él. Diego estaba sentado a la mesa del comedor, con los brazos apoyados sobre el mantel de hule y el mentón descansando sobre ellos. Su voz, muy clara y limpia, se escuchaba perfectamente.

-Este país es muy egoísta, ¿entendés? Enseguida empiezan con «¡Este Maradona que salió de la villa y opina de todo!». Y me cortan la posibilidad de expresión… Ojo, no digo que el pueblo sea así… Simplemente porque el pueblo, en este país, no tiene voz. Porque al país que quiere a Maradona, que quiere a Charly García, que quiere a Fito, que quiere al Bambino, no lo dejan hablar…

-¿Vos te sentís la voz de ese pueblo?

-Pero seguro, seguro que sí…

-¿Allí nacen tus contradicciones? Defender a Domingo Cavallo y a Fidel Castro al mismo tiempo, con la misma vehemencia, es un poco fuerte.

-¡Pero seguro! ¿Y quien o qué me lo impide, a ver? ¿Quién es el juez de Maradona? Adoro la dignidad del pueblo cubano y amo a Fidel Castro, sí, pero no comparto un montón de sus ideas. ¿Y? ¿No lo puedo decir? Porque si a nosotros hoy nos sacaran el azúcar, nosotros también nos moriríamos de hambre, todo gracias a los amigos americanos, ¿eh? Y hay que decirlo… Como digo que es saludable que Cavallo declare públicamente: «Acá hay mafia». Porque todos lo sabíamos y porque era hora de que alguien lo denunciara, no importa quién se moleste. Pero boludo no soy, y sé que el plan económico no ayuda a la gente que menos tiene y que él, como político, también deberá tener una carta en la manga con todo esto.

-En algún momento se me ocurrió pensar que te molestaba que te llevaran a estos temas.

-No, no me molesta y te voy a decir por qué: porque mi hermana Elsa, que labura, que lucha, si no recibe ayuda mía, se muere de hambre. Y esto me duele decirlo, porque es la realidad, de ella y de mucha gente en la Argentina. Entonces, ¿qué me vienen a decir que yo transé con Menem?

-¿Y por qué se dio tu acercamiento al Presidente?

-Por lo que sufrió con el hijo, porque cuando murió Carlitos vivió lo peor que puede vivir un padre. Porque cuando Dalma se enferma, yo me desespero; porque cuando Gianinna se corta un dedo y le sangra -y eso que a mí me han pegado patadas hasta en la boca-, yo me desmayo. Pero de ahí a que yo levante una bandera política hay muchísima distancia.

-Te declarás independiente.

-Eso, nunca hice ni voy a hacer campaña. Carlitos Junior, justamente, decía: «No me voy a meter en la política porque la política es sucia». Me pareció genial, sobre todo porque lo estaba diciendo el hijo del presidente de la Nación.

Es viernes, y volvemos a encontrarnos. otro Maradona -más sereno, con la voz entera- se planta frente a los fotógrafos dispuesto a divertirse. No tiene una pelota en los pies, pero igual inventa. Se calza una bata negra Versace, se llena los dedos de anillos y se cuelga sobre el pecho un collar dorado. Se acuesta en el piso, cubriéndose con una manta. Mira a la cámara por encima del hombro derecho, justo sobre la imagen tatuada del Che. Después de la sesión fotográfica empezamos una charla durante la que volveremos a sus viejas obsesiones; algunas, secretas.

-¿Qué sentís cuando aparece tu nombre junto con los de Gardel y Evita?

-Que, en todo caso, soy alguien que todavía está vivo, ¿no? Si he logrado ser mito viviente, yo no me lo propuse… Mirá, lo del mito, les agradezco mucho, pero soy un ser humano como cualquiera. Por el hecho de haber ganado algunas batallas futbolísticas o por defender a la gente como quiero defenderla, no me creo un mito. Pero los argentinos que saben que El Diego no les metió la mano en el plato de comida. Y eso es lo más importante… ¡Ojo! Que nadie crea que estoy buscando un cargo político.

-Eso está claro.

-Porque, ¿qué pasa? Yo pongo siempre el ejemplo de Baltasar Garzón. El pelea contra el narcotráfico, contra todo… Y después sale siendo diputado… Entonces, ¿cuál es la verdad? ¿Luchás para el pueblo o luchás para un cargo político? Eso es lo que a mí me jode… Si ellos tuvieran una carrera, yo creería cada vez más en la categoría política. Pero no, no me dan alternativa… Lo mismo que me pasa si gana Duhalde: si él gana, yo me tengo que ir del país. No digo mi familia, pero yo sí…

-Esto ya lo has dicho otras veces y nunca lo concretaste.

-¿Sabés por qué? Porque yo amo a mi país. Sos testigo: cuando jugaba en Italia y venía de vacaciones acá, lloraba durante todo el viaje de la casa de mi vieja a Ezeiza cuando me tenía que volver… Amo a mi país… No lo digo de verso… Hice que Claudia viniera a la Argentina para tener a las dos hijas que yo amo. Claro que hubo gente que a mis hijas, cuando las quise dejar que corrieran por una quinta, les puso helicópteros para espiarlas, ¿entendés? ¿Y quién fue entonces el que atacó la libertad de prensa? ¡Maradona! ¡No, querido, no, pará! Que acá no se trata del Maradona jugador de fútbol o del famoso. Se trata de las hijas, ¡de-las-hi-jas! Que quieren disfrutar de lo que el padre se ganó, nada más. Entonces, ¿cómo hacés vos para contenerte si viene Dalma y te dice: «Papá, quiero ir a la pileta pero no puedo, porque hay un helicóptero dando vueltas»? o si Giannina llora porque el ruido le mete miedo. Ahora, a la distancia, por ahí a mucha gente le duele, pero a mí me asesinaron, me mataron porque reaccioné como no tendría que haber reaccionado. Ojo, con esto que estoy diciendo no quiero quedar como una vicxzyfa…

-¿Cómo?

-¡Que yo no quiero quedar como una víctima! Pero sí quiero que se tome conciencia de que hay cosas que no se pueden hacer y hay cosas que tenemos que decir… ¿Cuál es la verdad de los argentinos? ¿Somos hipócritas o queremos una Argentina mejor? Mirá, de mí podrán decir muchas cosas. Por ahí algunas son ciertas pero… pero la mayoría no. Lo que buscan es apurar al negrito, al cabecita negra, al villero, y no quieren permitirme que les conteste… Yo estuve siete años en Italia y leí mucho, leí mucho al Che Guevara. Y, por ahí, aprendí lo que en este país no se enseña. Hoy por hoy, acá, el Che Guevara es palabra prohibida, ¿entendés?

-¿De dónde viene tu fascinación por el Che?

-Que el tipo… Hubo un argentino que se fue a luchar por otros seres humanos. Por los ideales por los que nunca luchamos, ¿eh? A nosotros nos aumentaron el pan, nunca dijimos nada; a nosotros nos aumentaron la nafta, nunca dijimos nada. Eso sí, por una guerra que, eh, sabíamos que no teníamos ni cañones de chocolate, llenamos la plaza… Pero el tipo peleó por lo que creía. Yo fui la bandera del Napoli, siendo un argentino; pero el Che era la bandera de muchos italianos en cualquier reclamo que hicieran… Para mí era como si tocaran el Himno, me llenaba de orgullo… Pelear por algo que realmente vale, no sé si eso sirve para purificar el alma, pero sí para dignificarnos. Yo digo, la puta, estamos llenos de mierda, de corruptos… y de este tipo nadie se ocupó… Tienen miedo de que los argentinos empiecen a hablar del Che.

Otra vez toma aire. Aprovecha para pensar y lanza la frase, asociándola vaya uno a saber con quién: «Le tienen miedo a un muerto».

Ultimo acto

-Yo te explicaba el otro día lo de los rockeros… Será que me quieren tanto porque, porque… yo veo la realidad de la gente y, a través de las canciones, ellos le cantan a la gente, le dicen la verdad… Por eso los políti…

-¿Y en qué se identifican con vos, por ejemplo?

-…por eso los políticos no quieren al rockero y a mí tampoco. Como Duhalde, que dijo: «Maradona está enfermo como la sociedad». Yo le digo: más enfermo está él, por ser político… El ser político es estar enferrrmo de la cabeza, no le dan a la gente absolutamente nada. Y yo creo que, eeeh, Duhalde es un cáncer…

-Todo el mundo sabe lo que pensás de Duhalde. ¿Por qué no mirar un poco para adentro? ¿Sentís que tenés la obligación de decir cosas…

-Sí, porque la gente…

-…en nombre de otros?

-Sí, sí. Porque la gente me ha dado cariño y la gente me ha hecho Maradona. Yo soy un agradecido.

-¿Llegará el día en que digas: «Hasta acá llegué, ahora voy a ocuparme de mí y de mi familia»?

-Va a llegar, va a llegar el tiempo…

-¿Cuándo?

-Cuando me decida a hacer cosas para mí, cuando pueda reunir un montón de cosas que todavía no tengo, porque creo que la edad no me lo permite.

-¿Qué cosas, por ejemplo?

-Primero, tengo que terminar el secundario. Es una cuenta pendiente…

-¿Por terminarlo, por demostrarte algo a vos mismo, por qué?

-No, por tener algo, un título… Porque en esta sociedad de mierda se necesita un título para ser creíble… Nadie se pone a pensar que un médico, hoy, está manejando un taxi. Prefieren quedarse en otras cosas, como decir que, hoy, si te das un saque, no estás autorizado para hablar de la sociedad en la que vivís… Y para mí es al contrario: porque vivís cosas que otra gente no vive. Todavía no llegó el tiempo para pensar en mí. Porque yo veo la gente que maneja Duhalde, la que maneja Menem… Muchas veces, me han dicho o he escuchado: «Sí, va a ver a Menem porque le va a sacar la causa» o «Va a ver a Menem para tener protección». No, no, yo no transo. Como cuando me dijeron: «Hay cuatro palos» para la campaña Sol Sin Droga. Al político que me vino a hablar le contesté: «Perdóneme, pero usted se equivocó; yo la plata me la gano jugando al fútbol, no sacándole la plata a la gente». ¿Y vos sabés que nosotros salimos absueltos, limpitos de toda esa historia..? Nunca lo dijo naaadie, eso… Pero sí me sirvió para seguir creyendo en Diego, en Maradona, y para confirmar que la gente también sigue pensando lo mismo… Lo voy a repetir hasta el cansancio: si alguien todavía me cree y me quiere, es porque sabe que yo no le meto la mano en el bolso… Esa es la gran, la gran ventaja que yo le llevo a todos. Porque yo puedo equivocarme, pero me equivoco con mi cuerpo. No me equivoco ni llevando a nadie a la rastra. Demasiado tengo con mis hijas…

-¿Cómo creés, realmente, que están viviendo ellas todo lo que te pasa a vos?

-Es una relación muy linda… Lo que pasa es que, hay que ver, cuando yo me decida a hacer cosas por mí seguramente las haré mucho más felices a Dalma y Giannina. Porque yo voy a estar mejor… Hoy por hoy, tengo una relación especial con Dalma. Es demasiado inteligente para los años que tiene, tiene una computadorita en la cabeza, ¿entendés? Ya sabe lo que es el padre, como vivió el padre. Dalma está preparada, te diría… Y eso me llena de orgullo, pero también me llena de miedos…

-¿Sabés que sufre?

-Me llena de miedos, ¿sabés por qué? Porque el hecho de llamarse Maradona la obligó a quemar etapas. Pero cada cual resuelve su vida, como yo tuve que resolver la mía.

-Vos decís que habrá un tiempo para vos. ¿Cuándo será ese tiempo, Diego?

-No sé, no sé… El día que me llegue… o antes me llegará la muerte.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/diego-armando-maradona-honestidad-brutal-nid585896/

Diego Armando Maradona: honestidad brutal

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