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Coronavirus: la revancha de los clones

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Coronavirus: la revancha de los clones









El

aumento de las ventas de computadoras personales

muestra un escenario que, si se saca la pandemia de la ecuación, parece disparatado. Es como si estuviéramos de nuevo en 2006. Es decir, antes de que llegaran el iPhone (2007) y la nueva generación de teléfonos inteligentes con pantallas enormes, táctiles, la posibilidad de instalarles aplicaciones de toda índole (para las que se recicló una vieja palabrita de la industria,

app

, acuñada en 1981) y un poder de cómputo y capacidades de memoria y de almacenamiento exorbitantes.















































Todos nos encandilamos con estos dispositivos, aunque no de la misma manera. Por un lado, sí, obvio, es como de historia de ciencia ficción el llevar en el bolsillo casi todos los equipos digitales e incluso los analógicos (desde una cámara de fotos hasta una brújula, digamos), con GPS y acceso a Internet y sus servicios. Ah, sí, bueno, y que además es un teléfono.


Para darse una idea, casi lo único que había antes del iPhone para tener de forma masiva y consistente email y mensajería instantánea móvil eran los BlackBerry, cuya interfaz de usuario y su sistema operativo eran tan amigables como un velocirraptor con gastritis. Pero el email y el mensajero lo convertían en un dispositivo de culto, amado por millones. Los smartphones borraron ese idilio de un solo golpe y hoy los BlackBerry ya no existen.





























Pero hubo otra mirada, hay que decir que típica de esta industria, en la que los smartphones y, un poco después, en 2010, las tablets, iban a llevar las computadoras convencionales a la extinción. Steve Jobs, que siempre se caracterizó por tener una mirada lúcida del futuro, aunque en no pocas ocasiones sesgada por sus obsesiones, declaró que en realidad las computadoras eran como camiones; no iban a desaparecer, pero mucha menos gente necesita un camión que un sedan familiar; el sedan vendría a ser el smartphone. O la tablet.




















Aunque cualquier analogía falla desde sus cimientos, ocurrió algo semejante a lo que pronosticó Jobs. Solo que, también típico de esta industria, las cosas no resultaron

exactamente

como la mayoría de los augures imaginó.


Las tablets resultaron no ser tan mágicas como se pretendía y sus ventas nunca se acercaron a la de los teléfonos inteligentes. Encontraron sus nichos (interpretación de música, los niños, algunas aplicaciones industriales, los conductores de noticieros de TV) y allí se quedaron. Los smartphones, en cambio, detonaron la taquilla, y para 2012 o 2013 todo indicaba que íbamos hacia un ecosistema tecno dominado por las notebooks y los smartphones. Esa parecía ser la combinación que cubría todas las bases. Podías ver en el celular un capítulo de la serie durante la hora del almuerzo, en tu trabajo, pero a la noche ponías el siguiente en un televisor inteligente de 42 pulgadas o en la notebook.




















De a poco, y sobre todo porque en la Argentina la tecnología es absurdamente cara, muchas personas decidieron que WhatsApp, el mail y las redes sociales eran más que suficientes y que, por lo tanto, no necesitaban una computadora personal. No la necesitaban, en un gran número de casos, porque tenían una en el escritorio de la oficina y no trabajaban desde sus casas. El ocaso de estas máquinas, clones todas ellas de la primera IBM/PC de agosto de 1981, parecía inevitable. Para ser enteramente justo, esta pulsión tanática de la digitalización no es nueva. Como si fuera el resultado de su incansable afán de avanzar, ve, parafraseando al personaje de

Sexto Sentido

, tecnologías muertas por todas partes. Quedaba incluso

cool

dar por extinguidos a esos dinosaurios de la computación. Es más, a la PC ya le habían escrito el obituario varias veces antes. La palabra informática, tan precisa y exacta para describir estas disciplinas, se convirtió en antigualla.











Ahora, sin embargo, había un dato obvio: desde 2011, cuando alcanzaron un pico, la venta de computadoras se había ido al fondo del mar (aunque, si bien nadie lo dice, alcanzó una meseta en 2014). Era obvio, la PC había pasado a la historia. El problema con los hechos obvios es que no necesariamente son lo que parecen ser. Es obvio que el sol se pone por el oeste. La verdad es otra. La Tierra está girando. Me ocurría, así, que llegaba a la Redacción, y, aunque todo el mundo tenía su smartphone, el trabajo diario se hacía en una computadora de escritorio. Sí, de escritorio, y gracias por eso, detesto los teclados liliputienses de la mayoría de las notebooks. Más interesante todavía: el omnipresente WhatsApp estaba siempre en la pantalla de la PC. Y si alguien no sabía cómo hacer ese raro truco de magia y se lo explicabas, te daba las gracias por tal revelación durante seis meses seguidos. Exagero. Hagamos dos meses.


El diario que hacíamos con esas computadoras de escritorio, los programas de TV que editábamos en esas estaciones de trabajo, los jueguitos programados en una pantalla enorme y con teclados robustos iban a ser consumidos en un teléfono inteligente, cierto. Pero no podías producirlos en un celular. Calladamente, los dinosaurios eran en realidad la otra cara de los celulares. Allí radica uno de los errores de la analogía con los camiones. En la práctica, todo el mundo seguía usando varias PC, solo que a distancia o sin notarlo. Si enterrábamos a las computadoras con Linux, Mac OS X o Windows, por no mencionar los servidores que hacen funcionar internet, adiós WhatsApp, Facebook, Instagram y Netflix. El correo electrónico se accede por medio del teléfono, pero funciona en granjas de servidores. La serie con la que estás matando el tiempo en estos días de encierro no se edita en un celular. No

podría

editarse en un celular.











O sea, todos necesitamos varios camiones. Solo que no estacionados en la puerta de casa. Ahora, con la cuarentena y la explosión del trabajo, la educación y otras actividades a distancia, tuvimos que salir a comprar un camión o a actualizar el que habíamos arrumbado en un armario.


Pero lo paradójico es que hicimos esto porque necesitábamos más velocidad y más agilidad. Exactamente lo opuesto de lo que uno asocia con los camiones. Porque, de nuevo, la analogía está rota desde la base. Dos tecnologías tan diferentes -camiones, computadoras- no pueden compararse de este modo. Los camiones y los automóviles, por ejemplo, no son complementarios. Uno va a seguir necesitando los primeros aun cuando no tenga un coche, porque esos grandes y pesados vehículos transportan materias primas y productos, no personas. Además, hay trenes, barcos y aviones que llevan carga. ¿Acaso Jobs debió usar la analogía del ómnibus?











No, no hay comparación posible, y lo que en realidad parece estar ocurriendo es que ambas tecnologías, la de la PC, hoy devenida en notebook ultra ligera, y la del smartphone, son como las dos cara de una hoja de papel o como el sujeto y el predicado. Se definen mutuamente.


Tengo la impresión, además, de que para muchos, este redescubrir todo lo que se puede hacer con una pantalla generosa y un buen teclado, con suficiente poder de cómputo, con ventanas solapables y con el mouse, va a ser una revelación. De resultar así, terminaremos con esta discusión larga y estéril sobre otra tecnología a la que se le sella el certificado de defunción antes de tiempo.


Un día, relativamente cercano, las computadoras tendrán el tamaño de un grano de arroz y las pantallas y teclados serán ubicuos o incluso, de descubrirse nuevos materiales (cosa inevitable), mutables, capaces de adaptarse a las necesidades de cada persona a cada momento. Entonces nos vamos a dar cuenta de que la revolución digital cambió no solo cómo hacemos casi todas las cosas, sino también cómo percibimos el mundo. No eran autos y camiones. Eran, todas ellas, computadoras.









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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/coronavirus-revancha-clones-nid2374299

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