+5491136057263
info@socialmediaweb.com.ar

Coronavirus: la increíble historia del router obsoleto que se convirtió en héroe

www.socialmediaweb.com.ar

Coronavirus: la increíble historia del router obsoleto que se convirtió en héroe















Un equipo fabricado en noviembre de 2007 terminó salvando el día en medio de la pandemia; en la foto, un Linksys de la familia WRT54G Crédito: Shutterstock

Toda tecnología tiene sus limitaciones. Es más, hasta donde sabemos, la misma matriz del universo impone ciertas restricciones, como la velocidad máxima que puede alcanzar un objeto o la mínima posible longitud debajo de la cual la geometría clásica (la de Euclides) ya no funciona. Y sí, el empleo de la palabra matriz fue por completo intencional.















































Sin meternos en honduras cuánticas o en rompecabezas relativistas, wifi es un ejemplo cotidiano de que hay límites que son prácticamente imposibles de sobrepasar. Publiqué hace un tiempo una columna sobre

cómo mejorar la cobertura de un router hogareño

y supuse que ese desafío iba a ser el más extremo con el que iba a toparme. Por entonces ni se me pasaba por la cabeza esto del aislamiento social. Es un hecho: todo puede empeorar.


En 2017, cuando nos mudamos a nuestra nueva casa, solo había servicios de Internet por microondas. Es decir, una antena en el techo que llegaba a 3 megabits por segundo (Mbps o, como se dice coloquialmente, «megas») y que ahora subió a nueve. Comparado con el promedio de Singapur, que es de casi 200 Mbps, suena ridículo. Pero ya saben, con Internet es mejor poco que nada del todo. Mi primera solución, para que pudiéramos tener una conectividad, digamos, aceptable, fue la de contratar dos antenas, cada una con sus (ahora) 9 Mbps. O, dicho de otra forma, una antena para cada uno, en sendos estudios, sin interferirnos y haciéndonos responsables de la congestión, en caso de haberla.





























No obstante, todavía quedaba darle cobertura al resto de la casa; conté esa historia en la columna que mencioné arriba. En total, la conexión de mi estudio quedó sin router, porque, al estar en la parte más alta de la casa, carecía por completo de sentido poner wifi ahí. Así que mi computadora principal, en mi estudio, quedó cableada, como en los buenos viejos tiempos. ¿Y el celu? Plan de datos, que me alcanza y sobra.





















Aclaración doméstica indispensable Nº 1:

nadie entra en mi estudio, así que las varias docenas de cables de MIDI, audio, red, instrumentos musicales, monitores, más las computadoras y sus periféricos, así como los numerosos equipos de todas las eras de la informática (incluido un grabador de memorias EPROM) desparramados por doquier no resultan una ofensa para la estética hogareña. Todo el mundo sabe que ahí es mejor no entrar, excepto que quieran llevarse un shock visual propio de los que «andamos en estas cosas».



Levántate y anda

La cuarentena tiró por tierra este bonito y pacífico estado de cosas. El router principal, que había quedado a cargo de toda la cobertura, ya no daba abasto. Como se lo usa para trabajar, no había modo de exigirle que diera señal a más dispositivos. O, para ponerlo fácil, no iba a poder mirar una película en Netflix o el noticiero sin recibir una reprimenda.




















Así que, aunque el asunto me causó escalofríos, no me quedaban muchas opciones más que la de tratar de extender la señal de mi antena. No tenía demasiado sentido, a decir verdad, por la altura, la losa de hormigón y la estructura metálica que sostienen las placas de yeso. Mis aliadas eran las puertas, los grandes ventanales y el hueco de la escalera.











Para resumir: tenía que extender la cobertura de un router dentro de mi estudio, en la parte más alta de la casa, para que le diera cobertura al living, en la planta baja. Descarté usar magia negra, porque en general eso termina trayéndote algún problemita, e hice lo más lógico: instalé un repetidor que, créanlo o no, tiene casi 13 años de trayectoria. Sí, el viejo, querido y enormemente popular router azul y negro de Linksys, que en esa época era de Cisco (la marca fue luego adquirida por Belkin),

un veterano WRT54G

, fabricado en noviembre de 2007.


A decir verdad, no es un WRT54G del todo original.

En 2010 le había cambiado el sistema operativo para ampliar la cobertura de un router más nuevo

; tuve que hacer esto, que no es en absoluto sencillo, porque el software de Cisco no ofrecía la función de puente, a pesar de que el hardware era capaz de ejecutar esa tarea. El software es todo, siempre lo digo.











Ese equipo, pese a su edad, siguió así brindando un servicio impecable, hasta que lo apagué, calculo que en 2018, cuando fue evidente que, en la nueva casa, con la cobertura del router principal alcanzaba para la planta baja.


Ahora, sin embargo, era mi única carta, dadas las circunstancias. Lo busqué, lo desempolvé, me llevó varios días intentar recordar la contraseña de administrador, no lo conseguí, lo reinicié y le cargué los parámetros que, obviamente, tenía guardados en un archivo. Lo puse a medio camino entre mi estudio y la planta baja, lo terminé de configurar y listo, salió andando.











Por supuesto, la historia no tendría sentido si terminara aquí, con todos felices y contentos.



No sos yo, soy vos

No, no funcionó. O, para ser más preciso, funcionó muy mal. Demasiado mal. No tanto por la velocidad, de por sí escasa, sino porque la conexión resultaba tan inestable que bastaba aplaudir fuerte para que se cortara todo. Intenté con los trucos básicos, como cambiar de canal y ese tipo de cosas. Pero no conseguí ni siquiera una estabilidad mediocre. Supuse, claro, que la causa era la edad del WRT54G, una reliquia que había quedado obsoleta hacía más de una década. Era precisamente al revés.


Ya sé, debería haber comprado un router más nuevo, y asunto terminado. O instalar un repetidor de los que usan la red eléctrica de la casa. Sí, ¿pero dónde está la diversión de resolver un desafío casi imposible con dinero? Además, mi proveedor de hardware me había explicado que tenían «algunas demoras» (ya saben lo que eso significa), y la cuestión conectividad en casa se había puesto muy -¿cómo decirlo?- áspera.



Aclaración doméstica indispensable Nº 2:

acá no peleamos casi nunca, y hay muy pocos temas conflictivos. Excepto la conectividad. Así que había que resolverlo, en medio del aislamiento social y a como diera lugar. Si había que forzar un poco el hardware (y por «un poco» me refiero a fundir un circuito), adelante, sin miedo. Ya verán por qué lo digo.


En fin, le di muchas vueltas, medí el alcance por todas partes, y estaba en eso cuando se me ocurrió preguntarme si acaso el problema no sería el router que, por la cuarentena, había instalado en mi estudio (un Belkin). De ser así (lo era, pero habría ocurrido con cualquier modelo de esa generación), entonces iba a ser obligatorio comprar uno nuevo. Porque usar el WRT54G como único router en esas condiciones era un disparate. Esperen, ¿seguro que era un disparate?


No perdía nada con probar. Al menos para salir de dudas. Desconecté el Belkin, configuré el WRT54G como router (y no como puente) y traté de captar la señal desde el living. Anduvo. Unos 16 segundos, pero anduvo. Toqué varias cosas en la configuración y en la posición de las antenas, pero solo logré avances tibios. Y el horno no estaba para bollos.



Vos, pisalo

Fue, supongo, la desesperación lo que me hizo recordar que el nuevo sistema operativo del WRT54G (obra de los muchachos de

dd-wrt

) daba la posibilidad de aumentar su potencia de transmisión (expresada en miliWatts; mW). Abrí un navegador, entré en la configuración del anciano router, busqué los ajustes avanzados y miré los valores. La potencia de transmisión estaba en 71 mW. Pero el máximo era de 251. Ah, bueno, caramba, ahí había paño para cortar. Porque, salvando las distancias, esto del wifi es como lo de las estaciones de radio. Cuanta más potencia de transmisión, mejor y más estable la recepción a grandes distancias.


Pero había que hacerlo bien. Al resolver problemas técnicos lo peor es creer que algo es cierto porque queremos que sea cierto. ¿Están pensando en la política? Parecido.


De modo que lo dejé en 71 mW y medí la intensidad de la señal en la planta baja. Lo dejé un buen rato, para lograr un valor promedio más o menos certero. Lo anoté. Era una lágrima, pero lo anoté. Después de eso subí la potencia de transmisión a 250 mW. «Hoy te convertís en héroe», le dije al WRT54G, y supuse que en los siguientes minutos oiría una explosión sorda proveniente de mi estudio y me encontraría con el pobre router en llamas.


Pero no. Esperé un rato y volví a medir la señal. Ahora estaba en valores más que razonables. Lo dejé así 15 minutos. No se sentía olor a quemado y se mantuvo estable en la zona amarilla (un lujo, dadas las circunstancias). Mi entusiasmo se batió a duelo con mi escepticismo, hasta que, como casi siempre, ganó el escepticismo, y volví a poner el valor en 71 mW. Esperé. Medí. La señal otra vez se había desplomado.


Muy bien, vamos otra vez. Aumenté de nuevo la potencia a 250 mW. La señal volvió a subir. Parecía estar dando resultado. Ahora tenía que ver si eso significaba algo útil. Teóricamente, sí. Pero vieron como le gusta a wifi desafiar a Madame Théorie, ¿no? Bueno, al grano: puse una película en Netflix, y aunque no es la mejor prueba posible -porque el negocio de Netflix es andar bien en casi cualquier condición-, si llegaba a ver un largometraje entero desde un router a más de 6 metros sobre mi cabeza, era una hazaña. Qué digo hazaña. En comparación, lo de Troya era la batalla naval en papel cuadriculado. Porque, en rigor, Pitágoras mediante, eran más de 6 metros. Y en el sentido vertical. Una locura.


¿Por qué la culpa no la tenía el Belkin? O no del todo, digamos. Porque con la potencia usual de transmisión nunca iba a alcanzar la planta baja. Y el software de un equipo doméstico en general no ofrece la opción de aumentarla, por obvias razones. Más energía, más disipación de calor, etcétera.


Pues bien, el WRT54G anduvo. Anduvo más que bien. Y siguió funcionando sin fisuras, con uno que otro corte de unos segundos y solo muy esporádicamente. Háblenme de obsolescencia programada, pero el hecho es que este equipo de casi 13 años viene dando cobertura a una distancia imposible desde hace dos meses. Cierto, tuve que hacer mucha configuración fina. Cierto, lo puse al máximo de su potencia, lo que lo somete a un estrés mayor de lo normal. Cierto, hay más zonas ciegas que si estuviera cerca. ¿Pero viejo? Viejos son los trapos.









ADEMÁS








Fuente: https://www.lanacion.com.ar/tecnologia/coronavirus-increible-historia-del-router-obsoleto-se-nid2378372

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: