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Confesiones de una mujer que envejece

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Confesiones de una mujer que envejece

“Mire: yo no estoy deprimida. Estoy… No, tampoco estoy. Soy. Soy vieja.” No siempre una frase es cruda; también puede ser liberadora. Para la narradora de El presente, una mujer que ronda los setenta años, decirle que no a un psiquiatra es una forma de liberación. Decir que no después de mucho tiempo, muchas dudas, mucha medicación. Decir que no a pesar de un saber que siempre parece estar del otro lado pero que finalmente asoma en uno mismo. Descubrir así, finalmente, que una cosa es la edad y sus avatares y otra cosa muy diferente son los ideales y ciertos catálogos de dolencias.

Editado recientemente por Cien volando, El presente es un bello libro donde la escritora y docente Cecilia Sorrentino se sumerge en aguas que quizás ya no sean tan evitadas, pero siguen siendo difíciles de pensar. ¿Qué hacer, cuando el avance de la edad deja de ser simple anécdota para convertirse en muy palpables señales físicas, psíquicas, emocionales? ¿Cómo se atraviesa ese territorio escarpado desde lo específico de un cuerpo y una mirada de mujer?

En El presente, desde ya, no hay respuestas ni intención de darlas. Lo que hay es una voz que, en primera persona, va desgranando vivencias, incógnitas, enojos, tristezas, voluntad de seguir.

Envejecer no es sexy, por más atajos que se quieran tomar o por más recursos del estilo “los cincuenta son los nuevos cuarenta”… y así seguir, de diez en diez y sin parar.

La novela de Sorrentino no busca ninguna reinvención ni anuncia maravillas por venir, pero tampoco se permite el regodeo melancólico. La suya es una escritura viva y su registro tiene el pulso inequívoco de la curiosidad. La narradora de El presente transita por un territorio nuevo. Y por más que muchas de esas novedades la enerven, lo que prima –aún desde el enojo o la tristeza– es el nervio siempre inquieto de quien mira al mundo para descubrirlo.

“¿Cómo puede ser que yo sea vieja y mi deseo no?”, se pregunta. “Lo que tiene de bueno ser invisible –porque, como dice María, cuando las mujeres pasamos los setenta nos volvemos invisibles– es que una puede escuchar mejor las conversaciones de los demás”, observa. “Dice que mi cansancio se debe al enorme gasto de energía que hago viviendo hasta lo más pequeño –apunta, seguramente en relación a alguna visita al psiquiatra–. Esa palabra, energía, me tiene harta. Casi tan harta como la otra: fluir”.

El presente no es estrictamente un diario, pero por momentos se le parece. La delicada enumeración de las fragancias y colores que marcan el ritmo de la primavera (jazmín chino, fresias, azaleas, jacarandá, tilos) se intercala con recuerdos de la vida conyugal, la maternidad, el trabajo, los diálogos con una nieta.

Las palabras, los recuerdos, los registros, se enhebran. Forman un red. Se asemejan, en su forma, a la red afectiva –por sobre todo femenina– que sostiene al relato. Están las amigas, la resonancia de un diálogo que se intuye lleva mucho tiempo desenvolviéndose, el pedido que es casi un código generacional: “¿Te llamo al fijo?”.

Y la tecnología: la radio como familia extendida. La fiesta que sigue al ingreso a WhatsApp. La nieta que ayuda con algún vericueto informático. Facebook y sus promesas (también sus amenazas).

Envejecer puede ser difícil, sugiere El presente, pero nunca debiera implicar sumisión. Por eso, cuando el psiquiatra instruye a la protagonista sobre las bondades de aprender algo distinto y así “desafiar al cerebro”, ella lo escucha con algún reparo. Y cuando él, para reafirmar su teoría, pone de ejemplo a Jorge Luis Borges y su aprendizaje del árabe a edad avanzada, ella no se inmuta. Desde lo más profundo del corazón sabe que Borges no estudió árabe para desafiar ningún deterioro cognitivo, sino simplemente porque amaba los idiomas. Amaba las palabras y seguía nutriendo ese amor, no importaba la edad que tuviera.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/confesiones-de-una-mujer-que-envejce-nid15062021/

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